Era una fria mañana de otoño, de esas que son particularmente grises. Ella se levantó tranquila. Escrutó por unos minutos el cielo, en esa ambigüedad de día y noche que se adueña del firmamento en esas madrugadas tan faltas de color. Finalmente, vistió sus ropas negras y salió a cumplir con su deber. Caminó durante unos minutos hasta encontrarse frente a la puerta del viejo hospital. Entró con un aire de frialdad carácteristico en ella, sin saludar, y dirigiendo sus pasos decididamente por aquellos largos pasillos. Llevaba un aire de amargura en su andar que provocaba silencios incómodos entre la gente y hasta alguna que otra mirada de disgusto. Sin embargo, nadie pronunciaba una palabra. En el fondo, ella los entendía. Nadie podía comprenderla sin conocerla a fondo, cosa que muy pocas personas hacen. La llegada al ala este del deteriorado edificio detuvo sus pensamientos. Empujó la puerta con ambas manos y sus pasos resonaron en la sala. La joven pareja, de aspecto humilde dejó de abrazarse y pausó sus sollozos por un instante para mirarla. Ella abrió la puerta de la habitación sin dirigirles la mirada y se adentró en las penumbras. Frenó sus pasos cuando se halló frente a la pequeña criatura. Nadie podría imaginar que ella alguna vez sintiera pena, pensó en un gesto de resignación. No le gustaba. No le gustaba nada hacerlo, pero era su deber. Se alejó caminando despacio, dejando atrás el punzante sonido. La vida continuaba, y la muerte también...
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